Los 25 pueblos medievales mas bellos de España

A su historia, arquitectura y entorno se les suma una vibrante vida cultural y una oferta gastronómica más que seductora.


El paseo por sus calles descubre fragmentos de historia de la época medieval que se conjugan con la visión más contemporánea de la vida. Los anchos muros de piedra de casas palaciegas, hogares modestos y vetustos castillos albergan nuevos talleres de artesanos, tiendas a la última, salas de exposiciones, restaurantes… y todo ello bien hilvanado con el día a día de estas poblaciones. Todas estas localidades nacieron hace más de mil años, en lugares encrucijada de caminos que los hicieron prósperos e importantes. Todos estos pueblos han conseguido guardar hasta hoy un patrimonio excepcional que merece una detenida visita.

LAGUARDIA (ÁLAVA)

Hay algo curioso cuando la retina se va aproximando a la capital de Rioja Alavesa. Por la cabeza pasan muchos conceptos: el vino, la loma, las bodegas modernas que asoman en sus pagos e, incluso, el desafío que le plantean sus tejados y campanarios a la Sierra de Cantabria. Y sin embargo, una vez que se deja el coche a un lado, el modo de empleo de esta localidad se vuelve medieval. Hoy en día, sus murallas apenas lucen imponentes ya que la mayoría de ellas se han visto reemplazadas por casas adosadas al muro. Pero sus puertas sobreviven, sobre todo las de Páganos, Carnicerías y San Juan, que son capaces de ejercer de portal a otro tiempo. Ya dentro de la almendra, las callejuelas estrechas conducen a joyas góticas como la Iglesia de Santa María de los Reyes, junto a la que sorprende la torre Abacial, la fortificación más imponente de las que quedan en esta localidad.

MONTFALCÓ MURALLAT (LLEIDA)

No es que Montfalcó Murallat sea un pueblo amurallado. Es que todo él es una fortaleza. Ubicado en un promontorio desde el que se domina toda la comarca de Segarra, este baluarte fue muy valioso durante la Reconquista y la consolidación de la corona de Aragón. Más tarde, el límite de espacio limitó su expansión y se convirtió en casi un recuerdo. Hoy en día, su indudable fotogénica lo ha resucitado, ofreciendo al viajero una experiencia muy genuina donde no solo destaca su fotogenia, también lo bien conservado (y reconstruido) que está. Pura piedra.

CASTELLAR DE LA FRONTERA (CÁDIZ)

Su nombre es de por sí una declaración de intenciones. Y es que, efectivamente, Castellar de ls Frontera fue un enclave estratégico para durante las Guerras de Granada en el siglo XV. De ahí que su principal icono sea la fortaleza nazarí del siglo XII que, tras la Reconquista, se convirtió en la sede palaciega de los Condes de Castellar. El principal encanto de esta localidad está intramuros, ya que la fortificación protege una pequeña villa que prácticamente se mantiene intacta desde la época andalusí, con callejuelas mínimas, casitas encaladas y alguna que otra rendija desde donde se domina, con la vista, todo el condado.

NIEBLA (HUELVA)

Normalmente se le suele asociar el concepto muralla ibérica a los romanos y a los pueblos cristianos. Y sin embargo, Al-Andalus se sabía defender, y muy bien, con baluartes y murallas. Quizás uno de los mejores ejemplos que queda de baluarte almohade, sobre todo en cuestión e tamaño (2 kilómetros en total) y de número de elementos, con cuarenta torres y cinco puertas que hoy en día siguen protegiendo a esta localidad. En su interior, espera el imponente castillo en el que todo este amalgama defensivo alcanza la máxima expresión así como otros monumentos mestizos como la iglesia de Santa María la Granada, donde abundan los detalles moriscos. Extramuros, el puente sobre el río Tinto y las necrópolis dolménicas se ganan su minuto de gloria.

DAROCA (ZARAGOZA)

En muchas ocasiones, la herencia medieval suele ser un problema para un determinado pueblo. Las toscas construcciones tienden a limitar la expansión urbanística de estos lugares mientras que su arcaico choca (o chocaba) con el progreso hasta que apareció el turismo. Sin embargo, en Daroca han sabido convivir muy bien con este legado, incluso lo cuidaron en la Edad Moderna haciendo de sus torres una monumental bienvenida para el forastero. Porque, si de algo puede presumir Daroca, es de tener algunas de las torres más bellas de las península, estoicos recuerdos de la que un día fue una de las murallas más largas del país y que hoy aún circunvalan esta bella localidad y desembocan en su ajado, pero aún así impresionante, castillo.

ALMAZÁN

La historia reciente de Almazán ha hecho de esta antigua plaza fortificada un relevante eje comercial del sur de Soria. Sin embargo, detrás de su carretera nacional repleta de comercios se esconde una ciudad que sigue marcada por su pasado medieval. La puerta de entrada, cómo no, es a través de unos arcos de muralla que acaban desembocando en su impresionante Plaza Mayor, una desproporcionada explanada coronada por la iglesia de San Miguel y el Palacio de los Hurtado de Mendoza. Pero lo medieval no se ciñe solo a un tiempo pasado y a unos vanos en la muralla baja. En esta misma plaza se abre una puertecita hacia el Duero que, al traspasarla, conduce hasta una pasarela donde se descubre la Almazán más fortificada e imponente, con unas torres y baluartes infranqueables desde el río. 

FOTO: SHUTTERSTOCK

OLIVENZA (BADAJOZ)

Pocas localidades en todo el mundo tienen más marcada la doble nacionalidad. De hecho, hasta 1801 Olivenza no fue completamente española ya que, durante siglos, fue moneda de cambio y objeto de deseo de ambas coronas. Esta singularidad se traduce en dos maravillosas evidencias. La primera, que tanta tensión provocó que se levantaran murallas y defensas, siendo el ejemplo más portentoso su imponente castillo templario, un baluarte que, a lo largo de los siglos, se fue ampliando y acompañando con poderosas atalayas. La segunda, que entre murallas y arcos, esta localidad se maquilló con lo mejor del arte castellano y portugués, un mestizaje que se disfruta en edificios imprescindibles como el Ayuntamiento.

TRUJILLO (CÁCERES)

La Trujillo de piedra tiene dos caras. La primera, la que enamora a simple vista, con la entrada a esa exuberante Plaza Mayor donde la iglesia de Santa María, la estatua dedicada a Francisco Pizarro y el palacio de la Conquista. Una estampa renacentista que remite a la época en la que esta localidad recibió el oro de América que trajeron de vuelta sus conquistadores. Y sin embargo, cuando se traspasa esta imponente bienvenida en forma de ágora, se da con una localidad mucho más callejonera y de esencia medieval. Poco a poco, esquivando algún que otro edificio renacentista, se accede a las cavas que recuerdan el trazado de los antiguos fosos del castillo, a las calzadas empedradas y a los hallazgos sorprendentes, como es el caso de la románica Torre Julia (con escudo del Athletic de Bilbao incluido, cosas de restauradores modernos…) o su imponente castillo, una fortificación que no solo impone por su tamaño, también por sus vistas y por haber servido de escenario para películas que encontraron en esta localidad una semejanza con laGranada nazarí y de los Reyes Católicos.

ALQUÉZAR (HUESCA)

Hay lugares donde la orografía se propuso invitar al ser humano a levantar un baluarte. Y uno de ellos es Alquézar, una villa ubicada entre los barrancos que esculpe el río Vero y las grietas de la sierra de Guara. En lo más alto de una de ellas se ubica su castillo-colegiata, una preciosa metáfora del devenir histórico de esta villa, que comenzó siendo un alcázar (de ahí su nombre) clave para la defensa de la Barbitania del al-Ándalus pasó a ser una próspera plaza católica. Su modo de visita exige ir de la panorámica al detalle. Es decir, comenzando con esas vistas impresionantes de su estampa ocre al borde del abismo para luego empezar a perderse entre callejones, plazoletas y ermitas. El punto final es lo más alto de la roca, el citado castillo-colegiata, un monumento que se disfraza de baluarte para luego sorprender con un claustro trapezoidal plagado de alucinantes frescos. 

ALARCÓN

Probablemente, el río con más afán constructor de toda la meseta sea el Júcar. De hecho, si se sigue su curso se llega a rincones como este meandro fortificado donde el rey es el castillo. Hoy transformado en Parador Nacional, esta construcción impone con su presencia y cobija, en su exterior, un conjunto de callejuelas que dan fe de lo rico que llegó a ser este emplazamiento. Sobre todo, se nota en las iglesias, ya que en esta pequeña superficie sobresalen numerosos templos, cada uno con un estilo propio que demuestra que Alarcón siguió siendo relevante hasta bien entrada la Edad Moderna.

SIGÜENZA (GUADALAJARA)

A esta localidad de Guadalajara no se le puede discutir su esencia medieval. Y es que, se llegue por donde se llegue, lo primero que fascina de su skyline es su imponente castillo. Divisarlo desde lejos es la mejor forma de comprender la relevancia de esta localidad durante el Medievo y, también, la mejor manera de trazar una ruta. Con dicha fortaleza como meta de todo recorrido, Sigüenza va sorprendiendo poco a poco con una catedral que aún tiene heridas (y hechuras) de guerra y que guarda en su interior una de las esculturas góticas más preciosistas (el Doncel). Después, espera una Plaza Mayor empedrada repleta de soportales, unos arcos inexpugnables como la Puerta del Hierro o el Portal Mayor, y unas callejuelas que poco a poco se van empinando y que, cuanto más metros ganan, más añejas parecen. Y al final, cómo no, el baluarte de la ciudad, hoy reconvertido en Parador Nacional pero que, pese a su hedonista uso, sigue pareciendo inexpugnable.

MORELLA (CASTELLÓN)

A más de 1000 metros de altitud, el castillo de Morella sigue siendo el rey del Maestrazgo castellonense. Su fotogenia es innegociable, como lo es, también, acercarse hasta esta localidad que sigue teniendo muy presente su pasado medieval. Eso sí, su auténtica joya nada tienes ue ver con las férreas defensas de la villa. Se trata de la Iglesia Arciprestal Santa María La Mayor, una maravilla gótica que ejemplifica el poderío de este emplazamiento durante siglos. Luego aparecen otras sorpresas sacras como el Convento de San Francesc y su curioso cuadro de La Danza de la Muerte así como otros rincones con mucha solera como la muralla con sus portales, el acueducto gótico o la apuntada casa del Ayuntamiento. Y, por su puesto, al final espera el su portentoso castillo y sus poderosas estancias.

FRÍAS (BURGOS)

Pasarán los siglos y esta localidad burgalesa seguirá presumiendo de ser la ciudad más pequeña de España. Este privilegio, obtenido en el siglo XV por orden del rey Juan II de Castilla, es mucho más que un eslogan turístico. Es una evidencia, sobre todo cuando se conquista poco a poco no sin antes haber cruzado su innegociable puente medieval sobre el Ebro. Arriba espera una ciudad tan bien amurallada que apenas ha cambiado su aspecto en los últimos siglos y donde la visita consiste en, sencillamente, no dejarse nada. Eso sí, en toda checklist viajera y rural no debería de faltar su coqueto castillo, su preciosista parroquia de San Vicente Mártir y sus casas colgadas. No muy lejos esperan otras sorpresitas como la ermita de Santa María de la Hoz junto a la cascadita de Tobera.

FOTO: ISTOCK

MONTBLANC

Si hubiera un ránking con los pueblos más y mejor amurallados de España, Montblanc estaría, como mínimo, en el podio. Por eso es indiscutible aprovechar las visitas guiadas que se realizan de las torres de la muralla, además de circunvalarla para descubrir sus muros más magnéticos. Antes de cruzar cualquiera de sus poderosas puertas, merece la pena echar un vistazo a su bodega modernista y, de paso, catar cualquiera de sus vinos. Pero volviendo, de nuevo, a tiempos lejanos, lo que espera es un pueblo que aún conserva su trazado ancestral y que conduce, poco a poco, a rincones mágicos como la Iglesia de Santa María la Mayor, la Plaza Mayor o el mirado de Santa Bárbara, desde donde uno se siente el rey del mundo o, al menos, el señor de todo.

BESALÚ (GIRONA)

Es uno de los núcleos medievales mejor preservados y en realidad no le falta de nada. Situado en la comarca de la Garrotxa, Girona, se entra al pueblo a través de un majestuoso puente románico que conduce al interior del recinto amurallado. Una vez allí, callejuelas empedradas se entretejen para llevarnos hasta visitas tan recomendables como la iglesia de Sant Vicenç del siglo XII y la Sala Gótica de la Curia Real. No perderse el recorrido por el barrio Judío, el Call jueu.

ALBARRACÍN

Desde lejos se observa la silueta fortificada de este pueblo turolense que se baña en las aguas del río Guadalaviar. Aupado en la cresta de un peñasco a más de 1.100 metros del nivel del mar, sus calles costean la difícil orografía, entre casas de entramados de madera y barro. Con vestigios celtas y romanos, Albarracín debe su nombre a la presencia musulmana que se dilató durante casi un siglo, hasta el siglo XII. Conviene no perderse el paseo por las murallas y detenerse en la Plaza Mayor y la calle de la Catedral, el centro histórico de la ciudad.

SANTILLANA DE MAR

Los orígenes de esta población cántabra se remontan al siglo VIII, cuando unos monjes construyeron una pequeña iglesia para albergar la reliquias de santa Juliana que un siglo más tarde dio lugar a la colegiata (en la imagen) alrededor de la cual se articula Santillana. La calle del Rey y la plaza del Mercado son sus dos centros principales, flanqueados de edificios sublimes. Además de su patrimonio medieval, Santillana se destaca por su importante legado renacentista y barroco.

LA ALBERCA

En el corazón de la Sierra de Francia, a unos 70 kilómetros de Salamanca, se halla este pueblo, parada de la Ruta del Camino de Santiago y de la Ruta de la Plata. Fusión de tres culturas, la cristiana, la musulmana y la judía, sus calles laberínticas y estrechas llevan hasta el corazón de la población, la plaza Mayor con espléndidos balcones y soportales. 

PEÑAFIEL

Vino e historia son una combinación perfecta y más si se trata de una comarca como la de Ribera del Duero. El castillo de Peñafiel atisba sobre los viñedos y protege a la población que nació en el siglo X y que se desarrolló en paralelo a la bondad de sus vinos. Para comprobarlo, nada mejor que una visita al Museo del Vino, que se halla en el castillo de Peñafiel.

PEDRAZA

Esta población segoviana se erige como una de las mejor conservadas y rehabilitadas con varios premios que lo acreditan. Desde mediados del siglo XIV hasta bien entrado el siglo XVII, Pedraza fue un importante centro de elaboración de paños de lana de oveja merina, con talleres que abastecían a ciudades como Florencia y Brujas. Pero, además, Pedraza bulle de animación y vida cultural, con buenos restaurantes y grandes acontecimientos anuales como los Conciertos de la Velas que se celebran en julio. 

FOTO: ISTOCK

AÍNSA (HUESCA)

Sus viejas calles, su castillo del siglo XI, la muralla, la plaza Mayor, la iglesia de Santa María (siglo XII) y las fachadas de casa Arnal (siglo XVI) son algunas de las muestras de la dilatada historia de esta población que también conserva vestigios celtas y romanos. Aínsa es una de las puertas de entrada al Parque Nacional de Ordesa y Monte perdido.

PERATALLADA

Como un museo al aire libre, pero vivo y trepidante, así es la visita a este pequeño pueblo ampurdanés, envuelto en sólidas murallas y con calles estrechas y tortuosas en la que se alinean bares y restaurantes con encanto. Conserva su carácter rural y su distribución medieval original en un alarde de preservación admirable. Rocomendación: sentarse a tomar algo en la Plaça de les Voltes, rodeados de siglos de historia.

MONTEFRÍO

Bastión del Reino de Granada, fortaleza inexpugnable, Montefrío creció alrededor de un gran castillo que sucumbió ante los Reyes Católicos en 1486. El paseo por las calles descubre retazos de esta historia a través de sus monumentos y plazas, como el mismo castillo que preside la población.

OLITE

Un pueblo de leyenda, con torreones, almenas y fosos, así es Olite, enclavado en el corazón de Navarra. La entrada por la Torre del Chapitel al recinto amurallado medieval que esconde vestigios romanos es un buen anticipo de lo que depara el recorrido. El casco antiguo de Olite conserva el mismo trazado de calles e incluso los mismos nombres medievales que hace siete siglos.

ZAFRA (BADAJOZ)

Fundada hace casi un milenio como fortaleza fronteriza entre los reinos de taifas de Sevilla y Badajoz, esta localidad fue creciendo poco a poco hasta convertirse en una de las localidades más monumentales de España. Sus dos plazas principales y siamesas y el Palacio del Duque de Feria (actual Parador Nacional) son los grandes referentes de una urbe que, por lo demás, se esparce formando callejuelas retorcidas y encaladas. Una mezcla de pasado defensivo y andalusí que la convierte en un lugar lleno de encanto.

National Geographic

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