Todo por volver a amanecer en Ibiza

La tierra prometida, la isla de los sueños, el paraíso donde todo es posible. Volver a Ibiza, no pedimos más, ni menos.


La gente utiliza la palabra ‘paraíso’ demasiado a la ligera, cuando en realidad, debería estar reservada a lugares como este.

Lugares bañados por aguas donde el turquesa y el esmeralda se funden en una danza hipnótica de la que es imposible escapar; donde puedes ser quien quieras, y bailar hasta que las piernas te flaqueen, y soñar lo que te pida el alma.

La isla de los sueños, de la libertad, de la esperanza. El movimiento hippie la convirtió en la tierra prometida, en ese paraíso donde la excepción era la regla y la felicidad salía a tu encuentro en cada rincón, en cada amanecer, en cada chapuzón.

No hay día en que su aeropuerto no reciba a alguien con una maleta cargada de anhelos y despida a otros muchos guardando a buen recaudo sus promesas.

Y nuestra única promesa fue volver: volver a tirar el reloj y las preocupaciones por la ventanilla del coche y exprimir hasta la última gota del verbo disfrutar; volver a ese amanecer en el que por un instante, sentimos que las olas del Mediterráneo nos pertenecían. VOLVER A IBIZA.

AMOR A PRIMERA VISTA

Sin ni siquiera poner un pie, desde la ventanilla, surge el amor a primera vista: el hechizo de Es Vedrá recibiéndonos un año más mientras el avión va perdiendo altura.

Un flechazo que nos arranca una sonrisa y nos hace sentir como la primera vez que aterrizamos en la isla bonita.

Y al enfilar la carretera, las vallas publicitarias con David Guetta, Armin van Buuren, Dimitri Vegas & Like Mike se nos antojan como el mejor cartel de bienvenida –¿en qué otra parte del mundo te sale a saludar un puñado de hormigas gigantes coronado por el racimo de cerezas más famoso del mundo?–.

Pero todavía hay alguien más que espera paciente nuestra llegada. Coronando Dalt Vila, el Castillo de Eivissa se alza imponente, sabiendo que es el protagonista absoluto de una de las postales más emblemáticas de la isla.

Al fin y al cabo, el amor es una fotografía grabada a fuego en lo más profundo del corazón. Un recuerdo por el que no pasan los años, pero por el que pasarías descalzo sobre las llamas las veces que hiciesen falta.

Ibiza: el flechazo eterno

LA MAR

“Él siempre pensaba en el mar como la mar, que es como le dice la gente que la quiere”. ‘El viejo y el mar’, Ernest Hemingway.

La gente que ama el mar con todas sus fuerzas sabe que Ibiza es un codiciado tesoro de playas y calas cuya belleza solo es comparable con las maravillas que albergan en su fondo.

Una belleza repartida a borbotones a lo largo y ancho del territorio pitiuso: desde la suave arena dorada de la playa de Aigües Blanques al encanto místico de Cala d’Hort al atardecer.

Cada punto cardinal de la costa alberga grandes conocidas y pequeños secretos escondidos tras los pinos, de esos que solo se encuentran caminando (que no conduciendo) un poco más allá.

Al norte, donde no llega el eco de las mesas de mezclas y la tranquilidad reina sobre todas las cosas, el ritmo lo marcan el canto de las chicharras y los tambores de Benirrás.

Aquí, la curvas de la carretera van anticipando retales de un paisaje que parece un espejismo, pero nada más lejos de la realidad.

Las montañas protegen la Cala de San Vicente –más conocida por los lugareños como Sa Cala–, celosas de tener que compartir las vistas a Tago Mago.

Una ruta por esos paisajes salvajes imposibles de domar hace que pronto te des cuenta de que en Ibiza es mejor viajar en el asiento del copiloto, para poder mirar por la ventanilla y perderte en su hermosura, sintiendo el viento en la cara mientras suena Born to run de Bruce Springsteen.

Si eres de esos que siempre van un poquito más allá, no te importará serpentear hasta llegar a la última curva del camino, la bahía de Portinatx, donde se esconde uno de nuestros rincones preferidos de la isla: Los Enamorados.

Pero continuemos serpenteando y zambullámonos en cala Xarraca, chapoteemos en cala Salada, pasemos a saludar a su hermana pequeña, cala Saladeta y emprendamos el camino hacia Punta Galera –el claro ejemplo de que las carreteras más difíciles llevan a los lugares más hermosos–.

Vayamos hacia el oeste de la isla balear y despistemos a las agujas del reloj en cala Conta –platjes de Comte para aquellos a los que les gusta llamar a las cosas por su nombre–, con su hipnótico horizonte salpicado de islotes. Que sí, que es una de las playas más concurridas, pero ¿alguna vez has visto a la Mona Lisa sin una multitud a su alrededor?

Si hay que hablar de vistas, no podemos pasar por alto Cala d’Hort y la magia que irradia Es Vedrá mientras el sol se esconde tras ella, llevándose con él todas las respuestas a los misterios y leyendas que rodean este islote.

Y aunque el sol se ponga por el oeste y muchas veces el truco para alejarse del mundanal ruido sea mirar al norte, el sureste de Ibiza albergará muchos de nuestros flechazos, empezando por la cala de Sol d’en Serra, donde nos comeremos la vida –y el pescado del día– en Amante, anclado sobre un acantilado cuyas vistas serán el refugio al que acudir mentalmente el resto del año.

¿Siguientes paradas? Cala Llonga, S’Argamassa, cala Martina, cala Nova, cala Mastella y la guinda del pastel, Cala Boix.

Las platges de Comte guardan calas nudistas, restaurantes deliciosos y … uno de los mejores atardeceres de la isla

DE PUEBLO EN PUEBLO

No hay mar que por bien no venga, pero el interior de Ibiza bien merece que le dediquemos buena parte de nuestra atención.

Si algún día desaparecemos, seguramente den con nosotros en la plaza de algún pueblo ibicenco, intentando pasar desapercibidos entre los lugareños y los turistas, y bebiendo a pequeños sorbos un café caleta.

Antes de llegar a Santa Gertrudis, unas simpáticas vacas de colores nos saludan desde la copa de los árboles.

Nadie sabe como llegaron allí pero esta estampa inconfundible es la entrada al universo surrealista y adictivo de Sluiz, cuyos objetos y piezas de diseño harán que te plantees seriamente volver a la Península en barco para poder llevarte unas cuantas maravillas decorativas a casa.

En Santa Gertrudis de Fruitera, la vida pasa al ritmo del campanario de su bonita iglesia, con sus inconfundibles franjas amarillas sobre cal blanca. Aquí el café debe ir acompañado de una tostada de jamón con tomate en el bar Costa.

Guiados por las campanas, subiremos a la iglesia del Puig de Missa, en Santa Eulalia del Río, pasearemos por Santa Agnès de Corona y nos asomaremos a los acantilados de Es Cubells.

De camino a Sant Carles de Peralta, pararemos en Las Dalias y, llenos de espíritu hippy y buenas vibraciones, culminaremos la tarde brindando con un licor de hierbas ibicencas en el bar Anita.

DE PLATO EN PLATO

Comernos Ibiza a bocados, saborearla sin prisa, empalmar la sobremesa con la siesta y cenar diciéndole adiós al sol… ¿el único problema? Elegir el lugar. Eso sí, con la certeza de que el placer está asegurado.

Un bullit de peix en El Bigotes, un cuinat en Ca n’Alfredo, la borrida de ratjada de Sa Nansa, el sofrit payés de Ca’s Pagés, la fideuá de Es Torrent , el arroz –en todas sus variedades– de El Carmen… Coge aire y suspira conmigo: AY.

Encaramados al mar –como Atzaró Beach o La Torre– o en lo alto de una colina –como Casa Maca–, en Ibiza comer es un ritual, un momento único y una experiencia en sí misma.

Y no solo de mar –aunque no sería ningún impedimento– vive. Cojamos aire de nuevo y salivemos con la imagen de una humeante pizza en el jardín de Macao, las focaccias y el parmesano de La Paloma, todo el huerto de Pau Barba en Can Domo, las tapas de David Reartes en Re.Art o las originales creaciones de Óscar Molina en La Gaia.

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