¿Por qué cuando nos perdemos caminamos en círculos?

Cuando nos desorientamos y no disponemos de una señal de referencia tendemos a describir círculos a medida que nos movemos


Cuando trazamos una ruta para desplazarnos por una habitación o un espacio abierto integramos información procedente del sistema visual, del sistema vestibular -sentido del equilibrio- y de los sensores de movimiento ubicados en la musculatura y en las articulaciones.

Podríamos pensar que la naturaleza nos ha dotado de un sistema de orientación totalmente engrasado, sin embargo, no es así. Un cliché que ha sido llevado en múltiples ocasiones a la gran pantalla es el de un grupo de excursionistas que se pierden en el bosque y, desorientados, caminan en círculos sin poder orientarse.

Hace algún tiempo investigadores del Instituto Max Planck de Biología Cibernética, en Alemania, demostraron que, si estuviésemos en una habitación a oscuras, sin ningún punto de referencia y comenzáramos a caminar, por mucho que lo intentáramos no podríamos hacerlo en línea recta, siempre terminaríamos describiendo círculos.

La explicación no es sencilla y se han barajado múltiples teorías, desde que si un hemisferio cerebral predomina sobre el otro hasta que tenemos una pierna un poco más larga que la otra.

A partir de esta última hipótesis algunos estudiosos esgrimen sus disquisiciones: dado que las piernas no son de igual longitud nuestro cerebro recibe señales distintas e intenta corregir continuamente la trayectoria enviando mensajes al sistema locomotor, que no hace más que alejarse de la línea recta.

Los detractores de esta teoría señalan que los zurdos y los diestros tienden a describir círculos de forma indistinta a derecha e izquierda, y que incluso cuando se coloca un tacón tan solo en uno de los zapatos -para provocar que una pierna sea más alta que la otra- no se modifica la dirección final en la que se camina.

Necesitamos un punto de referencia

Fue entonces cuando los científicos decidieron dar un paso más y realizar un experimento similar a la luz del día y en escenarios diferentes. Así, llevaron a un grupo de voluntarios a zonas boscosas, en un día nublado, observando que no dejaban de describir itinerarios circulares. Lo mismo sucedió cuando el experimento se llevó a cabo en el desierto del Sahara, en el sur de Túnez.

En ambas circunstancias los participantes eran capaces de mantener su ruta en línea recta mientras la Luna o el Sol fuesen visibles, pero cuando se ocultaban comenzaban a describir círculos, sin ser conscientes de ello. En definitiva, no podemos caminar en línea recta si nos falta un punto de referencia.

Este hecho es fácil de constatar en nuestro medio, simplemente basta con vendar los ojos de una persona para comprobar que, tras anular el sentido de la vista, caminamos describiendo círculos, a veces extremadamente pequeños –inferiores a 20 metros-.

La culpa la tiene el oído interno

Un grupo de investigadores franceses, capitaneados por Emma Bestaven, de la Universidad de Burdeos, ha presentado una hipótesis diferente y sostiene que quienes caminan en círculos tienen pequeñas irregularidades en el oído interno, concretamente en el sistema vestibular. Esto explicaría una mayor facilidad para desorientarse cuando los puntos de referencia visual desaparecen.

Para Vestaben caminamos en círculos porque poco a poco vamos perdiendo un poco de equilibrio en cada paso, un hecho que podría minimizarse si aumentáramos la velocidad de la marcha.

Así que ya sabe, tenga en cuenta todos estos experimentos la próxima vez que salga a pasear por un bosque, especialmente si es un día de mucha niebla.

elmundoalinstante.com

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