Ericeira: El paraíso de playas increíbles en Portugal

La meca surfera menos conocida, con más encanto y con los mejores hoteles, restaurantes y gastronomía de la costa de plata portuguesa está a solo 50 minutos de Lisboa, puedes ir en coche y te va a flipar.


Uno de los cañones submarinos más grandes de Europa es el responsable de que se forme la famosa ola gigante de Nazaré, esa con la que Garrett McNamara rompió el récord mundial allá por 2013 y la que ha dado fama internacional a la llamada costa de plata de Portugal.

Fuera de allí pocos saben, no obstante, que a tan solo cincuenta minutos en coche hacia el sur, a medio camino en dirección Lisboa, se encuentra la certificada como primera reserva mundial de surf en el continente: Ericeira.

Este encantador pueblito pesquero, mucho menos frecuentado que otras áreas como el Algarve o Comporta, es una villa blanquiazul de postal custodiada por algunas de las mejores playas del país, dos nuevos hoteles de lujo y una gastronomía propia con un rey que le da nombre: el erizo de mar.

Una de las mejores playas de Portugal bajo un hotel y restaurante de cinco estrellas: Aethos
Lejos del postureo, a esta parte del litoral luso no han llegado grandes cadenas hoteleras (ni se las espera). En los últimos dos años, no obstante, han inaugurado dos fantásticas propuestas que tienen en la desconexión, la armonía con la naturaleza, el diseño puntero y la culinaria regional revisitada su razón de ser.

Aethos Ericeira es un clarísimo ejemplo de ello, un hotel boutique de revista que te sumerge en el verde alrededor desde las alturas de uno de tantos acantilados que caen al Atlántico. Los tonos de la roca y la arena y las vistas panorámicas al gran azul, a través de sus cuantiosos ventanales, son protagonistas en esta propiedad con instagrameable piscina y un menú de relajantes tratamientos para que el descanso sea total.

Bajo él, encontrarás una de las mejores playas, de esas que recomiendan los locales y no salen en las guías. De escarpado y complicado acceso a pie, la playa de Escadinha es un solitario arenal frente a aguas tranquilas, no muy habituales por estos lares. No hay vigilancia, no hay infraestructuras… No hay casi personas y ahí radica su encanto. Si te atreves a bajar o te haces con un barquito para acercarte, se convertirá en tu próximo flechazo veraniego.

De vuelta, asegúrate de reservar una cena en Onda. Nuno Matos practica una cocina de temporada, sostenibilidad y entorno, muy basada en los vegetales y, sobre todo, en el pescado que arriba cada día. Lo presenta sin artificios, de manera divertida y casual, en platos que cuentan con apenas tres o cuatro ingredientes, relata a Esquire, e inspiración nórdica en esa simplicidad. Sus ceviches con la pesca de la jornada, esa salsa de ajo y cilantro de las almejas a la portuguesa o sus formas de tratar el pulpo, en un sándwich contemporáneo o con salsa de nueces y uvas, se te grabarán en el paladar.

Desde Aethos, un bonito paseo en bicicleta eléctrica entre campos y viñedos -pues la región de los vinos de Lisboa tiene aquí algunos de sus más destacados representantes blancos- te llevará a otras dos calas de excepción. Más preparadas para el turismo, incluyendo un par de chiringuitos para tomar algo, la playa da Calada es otra franja estupenda para un baño así como la de São Lourenço.

Sobre esta abrigada bahía vigila el horizonte Immerso, primer cinco estrellas de la comarca. Con una arquitectura rabiosamente moderna firmada por Tiago Silva Dias, lo que iba a ser una ‘surf house’ molona, el sueño de Pedro Lopes y su sobrino, Gonçalo Meneses, ha terminado por tomar la forma de una treintena de habitaciones totalmente integradas en el panorama, del que toman sus principales elementos y paletas de colores. Piscina, spa y un huerto propio, que nutre su estupendo restaurante Emme, completan la oferta de servicios y espacios, salpicados de piezas de arte local actual y orientados al océano y al valle que lo precede. En este, las intervenciones de la paisajista Margarida Quelhas son notorias en bucólicos senderos y en una plataforma para hacer yoga contemplando todo lo que rodea.

Restaurante, hotel y pueblo de moda: Immerso y Ericeira
“Lujo sin laço (pajarita)”, lo define Pedro Pinto a nuestra llegada. Y así es. Presumen de reconfortante y distendida atmósfera, de ser representantes del ‘terroir’ tanto en diseño como en la gastronomía fresca, sencilla y orgánica de Alexandre Silva, sin renunciar al confort vanguardista y a ese ‘vibe’ cosmopolita que siempre rodea al surf, un ‘vibe’ que se aprecia y saborea asimismo en la cercana Ericeira.

Ericeira no es solo idónea para iniciarse o disfrutar del surf, con playas cercanas y asequibles como Matadouro, perfecta para un bautismo en este deporte, y otras más experimentadas como Coxos o Crazy Left. Todas ellas justifican su designación como meca surfera pero no tienes que ser practicante para enamorarte de ella. El tesón que ponen los aficionados a surcar olas lo ponen los pescadores cada madrugada y amanecer para traer lo mejor del agua a la tierra. Percebes, sardinas o rayas pueblan sus barquitos y las cartas de sus animados restaurantes pero dejan paso a la ‘delicatessen’ estrella: los erizos. Un festival anual en los últimos días de marzo, a menudo coincidente con la Semana Santa, anima su mercado y muchos de los comedores, tanto tradicionales como de moda. La ruta puede empezar comiéndolos como aperitivo entre puestos de abastos mientras se degusta un vino monovarietal de la recuperada uva autóctona jampal (delicioso) y seguir con un mayor homenaje náutico en el abarrotado chiringuito y restaurante Esplanada Furnas, viendo cómo rompen las olas en la roca.

¿Qué ver y comer en Ericeira?
Ese punto joven que han traído las tablas ha renovado un pueblito que parece salido de una isla griega o de un mosaico de azulejos patrios, los que recubren la idílica y manierista capilla de San Sebastián, del siglo XVII, o la iglesia de San Pedro, del XV, o la capilla del Buen Viaje. Uno siente que el verano no termina en su concurrida plaza principal o recorriendo sus calles empedradas.

El contraste con sus fachadas blancas y azules lo marcan los neoprenos tendidos en las ventanas. Dentro, lo que podría ser un ultramarinos de toda la vida es, en realidad, una tienda de surf con marcas punteras como Wavegliders. Lo que antaño sería el bar del pueblo es Dog House, un estudio de tatuajes, piercings, cocktails y café para desayunar o comer un bowl de açaí. Hay cervecerías artesanales y ‘hipster’ como 5 e Meio, hay bares de vinos naturales donde comenzar brindando a las 6 y acabar bailando a las 12, como ocurre en la sucursal del lisboeta Ippolito & Maciste. Hay brunch ‘veggie’, como el de GiG y hay una discoteca escondida detrás de una fachada intervenida con maravillosos murales y que lleva a mucha honra el hecho de ser la más antigua de la Península Ibérica (o eso dicen). Se llama Ouriço y este animal preside el dintel de su entrada dejando claro que sí, es el rey.

Una de las famosas playas que rodean a Ericeira
En el mismo paseo, al borde del mar, la mayor ola sigue siendo, sin duda, la ‘foodie’. Al estilo bistró marinero, Mar das Latas reúne a ‘wine lovers’ con tapas, vistas y cocina con acentos del mundo en su aguachile de pescado fresco o su versión del ‘bacalhau à bras’. Costa Fria, una suerte de casa de ‘petiscos’ de buscada estética setentera sirve aliñadas y coloristas especialidades que anuncian en hojas de papel sobre mesas de acero. En sala o en terraza, en la que casi salpica el mar, su berenjena asada con verduras y piñones, sus mejillones cítricos o su lubina con salsa de olivas y anchoas son un ‘must’. No te hará falta pero, si quieres irte de Ericeira con el sabor más dulce en el recuerdo, los helados artesanales de Nutwood predican amor en cada bola. Si los pruebas, seguro esta villa te conquista del todo.

esquire.com

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