Luces y sombras en el Nuevo Año

Mons. Carlos Sánchez Espejo
31 de diciembre de 1960

Noche como todas las demás del año es la noche del 31 de diciembre. Y sin embargo en ella sentimos y experimentamos algo que no sentimos en todas las demás; un como frío de angustia ante la fugacidad del tiempo. A cada instante envejecemos; en cada segundo se nos escapa un mundo de ilusiones; en toda pulsación de tiempo huye de nuestras manos un poco de vida. Pero la mayoría de las gentes solo reparan en ello en esta noche de San Silvestre, en que muere el año.


Parece que fue ayer cuando floreció en los labios, cuajada de esperanzas, la felicitación de Año Nuevo; vibraban las campanas con el alma del pueblo, reventaban en los aires los fuegos artificiales, subía en  oración el incienso de los altares y desde el anonadamiento de la Eucaristía el Señor trazaba una cruz en el pórtico del año. Ahora nos preparamos para verlo morir. Y para asistir al nacimiento de otro año que, como el anterior, viene también con su carga de esperanzas, con sus mundos de ensueños, con sus racimos de ilusiones.

La iglesia establecida por Dios para enseñar la verdad, toma de San Pablo un pensamiento severo y nos los presenta de bulto: Non habemus hic civitatis permanentem sed futuram inquirimus… Aquí no tenemos ciudad permanente sino andamos en persecución de la eterna. Y por lo mismo que el terreno que pisamos es movedizo, nos amonesta a vivir sobre la roca de la fe y a depositar en Dios no mudable como los hombres, toda nuestra confianza.

“Nuestros vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir” cantó el gran lírico español Jorge Manrique. Y dijo una gran verdad. Vivamos con Cristo y en Cristo para que podamos morir en sus brazos redentores. Porque El es el camino, la verdad y la vida. Precisamente esa confianza en Dios que no abandona a los hombres ni a los pueblos es la que brinda a chorros la luz del nuevo año.

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