Un paseo por el México de la cultura wixárika

La ruta física y espiritual para descubrir las tradiciones y la historia de los wixaritari


Nunca nadie les ha hecho demasiado caso. Desde que en 1827 los españoles llegaran a México, los pueblos indígenas que pudieron sobreponerse al nuevo estado de las cosas han vivido un poco (o un mucho) al margen de todo. El gobierno mexicano apenas les tuvo en consideración hasta hace bien poco y no fue hasta el año 1992 —tras firmar el Convenio 169 de la OIT— que México se reconoció como una nación pluricultural. Y eso que las cifras no eran, ni son, pequeñas: según el Instituto Nacional de Estadística (INEGI), el 21,5% de los mexicanos se autoadscriben como indígenas, es decir, unos 25,7 millones de personas que además hablan 364 variantes dialectales distintas. Casi nada.

En la zona de la Sierra Madre occidental, esto es donde convergen los estados de Jalisco, Zacatecas, Durango y Nayarit, habita una de estas tantas etnias originarias que pueblan México, la wixárika —wixaritari en plural—, a quienes los españoles llamaron huicholes (los que huyen), un nombre con el que ellos ya no se quieren identificar.

Tepic, la capital del estado de Nayarit, no es una ciudad muy atractiva a simple vista. Tiene un centro compacto y atestado de tráfico sobre el que sobresale la catedral fundada por los castellanos cuando a este lugar se le bautizó como la ‘Muy Noble y Leal Ciudad de Tepic’.

Hace poco más de un año la joven Minerva Cerrillo, miembro muy activo de la comunidad wixárika local, abrió en Tepic la coqueta cafetería Yuri’Iku, un local a medio camino entre centro cultural y espacio donde probar la cocina tradicional de este pueblo.

Mientras tomamos una bebida de atole (lo que aquí sería tomar un café), Minerva me cuenta acerca de sus costumbres. «Este atole que tomas está hecho con maíz, que es la base de toda nuestra cultura. Para nosotros, su cultivo es una práctica religiosa. Todas nuestras ceremonias y festividades tienen relación con cada una de las fases del ciclo agrícola de esta gramínea. Además, tenemos cinco tipos de maíz sagrado que corresponden a los cinco rumbos del cosmos: el amarillo, el morado, el azul, el blanco y el multicolor.»

Mientras hablamos, sobre la mesa desfilan quesadillas y gorditas hechas a base de un sorprendente maíz color azul, cultivado por su propia familia. «Si tienes tiempo, mañana podemos visitar nuestras tierras de cultivo, allí está mi madre y toda mi familia». Por supuesto.

Minerva Cerrillo conquista nuestro estómago con la gastronomía wixárika.

Al día siguiente, desde Tepic, un trayecto largo y con muchos baches nos conduce hasta El Buruato, en el municipio de Santa María del Oro. Allí nos encontramos con la madre de Minerva, la maestra rural Eulalia de la Cruz.

Eulalia cuenta que es muy difícil para ellos conservar sus costumbres: «Mientras viven en la Sierra Madre, los pueblos indígenas perpetúan sus tradiciones y hablan su propia lengua, pero muchos emigran a las ciudades por necesidad, se asimilan al resto y acaban perdiendo, sobre todo, el idioma. Hay que tener en cuenta que hoy, todavía muchas de estas lenguas siguen siendo únicamente de tradición oral», cuenta la anciana.

La propia señora Eulalia vivió esta circunstancia cuando solo tenía 14 años. En contra de su padre, que la necesitaba trabajando en el campo, Eulalia se fue, bolso en ristre, andando sola hasta la ciudad. Su tenacidad la llevó a encontrar trabajo, a estudiar en la escuela y finalmente a sacarse la carrera de magisterio.

Muchos que como ella se fueron, nunca volvieron, perdieron la conexión con su cultura materna, pero ella no, ella se comprometió con la comunidad y volvió a las montañas para acercar la enseñanza a los niños y niñas wixaritari: «La escolarización es crucial para que nuestros pequeños tengan oportunidades sin que se vean forzados a renunciar a su cultura de origen».

Sobre un cerro, tras la casita hecha piedra a piedra por la familia de Eulalia, se vislumbran los primeros brotes de lo que será una buena cosecha de maíz azul. Un pequeño recinto cercado con piedras, flores y velas indica el lugar donde realizan, en cada fase de crecimiento, sus ofrendas de agradecimiento a la madre tierra.

De vuelta a Tepic —y por indicación de Minerva y Eulalia— pregunto por Don Jacinto en los puestos del mercado de abastos. Me indican, me indican, me indican y finalmente doy con el anciano en cuestión en una pequeña habitación habilitada bajo el hueco de unas escaleras. Jacinto, a pesar de su modesta apariencia, es uno de los líderes espirituales de la comunidad wixárika de Tepic. Él es un mara’akáme, un chamán.

Jacinto me cuenta que los wixaritari se rigen por sus propias leyes internas. Los actores sociales clave son el gobernador tradicional, que es quien toma las decisiones que afectan a la comunidad; el consejo de ancianos, quienes aconsejan al gobernador tradicional y, finalmente, los mara’akámes que tratan todos los asuntos de corte espiritual: «Los mara’akámes nacemos con este don. Nos viene impuesto así por la divinidad».

Estos chamanes ayudan a las personas, entre otras cosas, a curar ciertas dolencias o a cruzar el niérika, el umbral a través del cual pueden ponerse en contacto con los dioses y con sus antepasados. Para algunos de estos tránsitos utilizan un pequeño cactus de propiedades alucinógenas —el peyote—, que es sagrado para esta cultura y que solo los mara’akámes pueden extraer de Real de Catorce, en el estado de San Luis Potosí.

Jacinto, que es hombre de pocas palabras, me propone una «limpia de sanación del alma». Es una ceremonia muy popular aquí, una actividad que todos los miembros del pueblo wixárika y muchos otros mexicanos realizan con una frecuencia periódica, algo así como quien va regularmente al fisioterapeuta, pero para el espíritu. El rito es rápido, ejecutado con copal, plumas de águila real, muchos cánticos y, que quede claro, sin peyote. En pocos minutos deja mi alma libre de envidias, males de ojo y otras perversidades que me hayan podido desear.

Para mi última entrevista me desplazo hasta Sayulita, una localidad costera animada por surferos, noctámbulos e influencers haciéndose fotos en cada rincón, donde me encuentro con Santos Hernández, otro miembro de la etnia wixárika. Él será mi Cicerone para acceder al lugar sagrado de Altavista, un recinto selvático salpicado de petroglifos al que los wixaritari acuden para la celebración de algunas de sus ceremonias más importantes.

Altavista es un lugar sagrado y de peregrinación.

Para los wixaritari, los lugares sagrados son el pilar fundamental de su cosmovisión. Hay cinco puntos en el mapa del occidente mexicano que dibujan el eje principal de su geografía sagrada (San Blas, Cerro Gordo, Real de Catorce, Sierra Huichola y la isla de los Alacranes), pero hay muchos otros con especial significado, como Altavista. «Este es un lugar de peregrinación para nuestro pueblo y para entrar en él, primero hay que pedir permiso a los dioses», cuenta Santos.

Cruzamos una densa selva —ciertamente hay que conocer bien la zona— y nos detenemos en ciertas rocas que lucen intrincados petroglifos prehispanos. En cada una de ellas Santos recita una pequeña oración en su lengua, ata cintas en los árboles y enciende algunas velas. Tenemos permiso, seguimos. Tras repetir este proceso en innumerables ocasiones, finalmente llegamos a un claro del bosque, un espacio espectacular rodeado de palmeras y cascadas, con un pequeño rincón ceremonial donde los wixaritari realizan las ofrendas a la diosa madre.

El lugar tiene, indudablemente, algo de místico, algo de mágico. La ceremonia es pausada y pautada e implica beber agua del río, encender unas velas, cánticos y colocar una imagen de la virgen de Guadalupe (sincretismo puro) en el centro del altar ceremonial.

Santos me bendice: «Normalmente no traemos a la gente no wixárika hasta aquí, pero tú eres una mensajera para nuestro pueblo, una persona que viajará muy lejos para contar quiénes somos los wixaritari. Alguien que contribuirá a que se nos conozca y se nos respete. A que el mundo sepa que existimos». Y así será.

Condé Nast Traveler

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