El auténtico turismo rural era esto

16 generaciones preceden vida y actividad económica familiar en Casa Beta de Pujalt, un pueblo sobre los mil metros, en la comarca del Pallars Sobirà.


Casa Beta, en el núcleo pirenaico de Pujalt, alberga la historia de 17 generaciones de una familia de agricultores y ganaderos. En el prado pacen sus vacas, en el obrador preparan hamburguesas de la carne ecológica de sus reses, y acaban de inaugurar un alojamiento de turismo rural. Es el ciclo completo de la vida tradicional autóctona y su confluencia con la escapada de urbanitas a las montañas, y todo, entre las mismas paredes.

Fuertes, como las piedras que levantaron las paredes de Casa Beta, son vocaciones como la de Albert de Moner. También sus piernas. A sus 50 años, cuántas subidas y bajadas habrán hecho y hacen cada día, por las montañas, prados y senderos, fincas del pueblo de Pujalt y sus alrededores, en la comarca leridana del Pallars Sobirà.

Pujalt se encuentra a 1.160 metros de altitud y a una decena de kilómetros de Sort. Es el único pueblo desde el que se puede ver la cima más alta de Cataluña, la Pica d’Estats (3.143 metros). Iglesia y campanario, el abrevadero para los animales en su plaza, y las casas de piedra y tejados de pizarra típicas de la arquitectura tradicional en el Pirineo, todo ello configura una piña de vida rural en la que se encuentra Casa Beta.

Documentada en el año 1530, se sabe que fue fundada por un sacerdote, de nombre Joan Abeta, que a su muerte dejó en herencia casa y tierras a un sobrino. Las cuatro generaciones siguientes conservaron el mismo apellido, y una docena de generaciones después, la abuela paterna de Albert se casó con el primer De Moner, a quien él y sus tres hijos deben su apellido. Es la historia, pues, del nombre de la saga, pero también de una de las familias que fueron dando lugar y vida a núcleos rurales como Pujalt y tantos otros que salpican las montañas de todo el Pirineo. El porvenir de cada familia se iba conformando con tierras de labranza alrededor de los pueblos, donde hoy algunos senderos para caminar nos brindan la oportunidad de aproximarse también a esa auténtica vida rural, entre prados en los que todavía hay mucha actividad ganadera.

Lleva a sus vacas y terneros en cada momento al mejor trozo de montaña a pacer© Carmen Farré

La ganadería ovina fue mayoritaria en la zona a partir del siglo XVI hasta la época del padre de Albert, en la que las explotaciones de vacas, de leche y de carne, empezaron a predominar. Él encarna la 17ª generación de ganaderos de su familia que, desde 1530, han vivido siempre en la misma casa, Casa Beta.

Es un claro ejemplo de traspaso del saber hacer, en este caso con las vacas, las tierras, sorteando invierno tras invierno, con la ilusión que brota espontánea impulsada por el espíritu vocacional de quien ama lo que hace y el lugar en el que vive.

GANADERO DE PURA CEPA

Albert está casado y tiene tres hijos de 19, 17 y 13 años. Estudió en la escuela agraria y no solo ha logrado tomar y cuidar el relevo de la dedicación tradicional de su familia, sino que también ha sabido entender que una buena acogida al turista enriquece al territorio. Por eso, un camping y alojamientos turísticos complementan la economía familiar.

Este verano abren las puertas de la primera planta de su casa como pequeño turismo rural, con las comodidades de hoy y la robustez de las paredes de piedra de esta casa de pueblo con tantísima historia. Ojeando el árbol genealógico, llaman la atención, por ejemplo, los 11 hijos de la generación número 13.

Eran tiempos de mucha gente en cada casa y todas las chimeneas del pueblo humeando. Cada cual en las familias tenía sus tareas. Contribuir con lo que cada uno a su edad pudiera era condición intrínseca en todo hogar de payés. También en la de Albert. “Mi infancia rural y payesa la disfruté mucho”, expresa.

Es un ganadero de pura cepa. Lleva a sus vacas y terneros en cada momento al mejor trozo de montaña a pacer, cuida así una alimentación que ha merecido la distinción de producción cárnica ecológica, que además ellos mismos preparan en el obrador familiar, y venden directamente bajo encargo, cerrando así el ciclo de una economía de proximidad.

“Es la única manera de controlar todo el proceso antes de llegar al consumidor”, afirma. Diversificando la actividad, además, se abre el abanico de posibilidades laborales, pensando en el futuro relevo generacional.

Acaban de inaugurar un alojamiento de turismo rural© Carmen Farré

Aunque pueda parecer extraño, pese a la exigencia y responsabilidad que supone el cuidado de los animales, cada día del año, la libertad es lo que más aprecia de la dedicación que ha elegido este ganadero. Se sirve de su frase de cabecera, expresada por el filósofo romano Cicerón, para definir su amor al oficio: “La agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre”.

La actividad principal de sus abuelos había sido la cría de ovejas, la producción de cereal y la venta y reventa de animales de pie redondo, mulas y asnos de trabajo, hasta que la revolución industrial, que a las montañas llegó muy entrados ya los años 60 del siglo pasado, introdujo la maquinaria que liberó a los animales y a sus dueños de un sistema de trabajo más duro.

Ahora en Casa Beta tienen unas 230 vacas, entre vacas, crías de reposición y engorde. Paisaje y fincas de labor ganadera son un mismo lugar, sin el ganado, el paisaje no sería el que es. Pero a Albert le molesta que digan que el payés es el jardinero del paisaje. “Mi trabajo es la producción de alimentos de calidad para las personas. Y de rebote, mi trabajo tiene un componente medioambiental, de conservación del territorio, pero es una consecuencia, no el objetivo”, precisa.

Este ejemplo, como tantos otros en pequeños núcleos rurales de montaña y sus valles, ayuda a entender que el futuro de los pueblos depende también de vocaciones ganaderas, de estima a la tierra, de oportunidades de trabajo y vivienda, y de mente abierta para compaginar la acogida de los visitantes, con las perspectivas de futuro y enriquecimiento en todos los sentidos de los autóctonos.

Ese debería ser, en realidad, el espíritu real del turismo rural, una puerta abierta a vidas auténticamente rurales. Porque todo aquello que se conoce en profundidad se puede valorar, respetar y amar mucho mejor.

En todo, Albert ha hecho un buen tándem con su pareja, Carme Farré, que también es hija de ganaderos de la comarca vecina del Pallars Jussà. Sin ella, él reconoce que ninguno de sus proyectos sería tan sólido como lo son.

CAMPING, OTRA MANERA DE HACER TURISMO

Borda de Beta es el camping propiedad de la familia. Está en el pueblo de Baro, al que se llega por la carretera N-260, el eje pirenaico que hay entre La Pobla de Segur y Sort. Un emprendedor con ganas de desarrollar una actividad de camping le alquiló al padre de Albert una finca próxima al río Noguera Pallaresa. Y al acabarse la concesión, el padre de Albert les propuso a sus hijos pasar a llevarlo ellos. “Lo del camping es una actividad económica para mí, en cambio agricultura y ganadería son mi vocación”.

El cliente del camping procede mayoritariamente del área metropolitana de Barcelona, con muchas ganas siempre de salir de la ciudad y bañarse en la piscina todo el día. “Quien elige un turismo rural busca algo más auténtico y tranquilo”, comenta Albert. “A mí me gusta entablar conversación con todo aquel que pone interés en este entorno y en lo que hacemos. Y les explico con mucho gusto, cómo hacemos las cosas y por qué así, ecológicamente y no de manera convencional”.

Pero, para unos y otros, a quien llega a la comarca, sobre todo si son familias con hijos, el Pallars Sobirà ofrece unos atractivos alicientes como actividad complementaria a esa autenticidad del turismo rural en casas payesas de los pueblos, o el relax y ocio en un camping con piscina como el de Beta.

Ese debería ser, en realidad, el espíritu real del turismo rural, una puerta abierta a vidas auténticamente rurales © Carmen Farré

“Las propuestas en el río y en las pistas de esquí son imprescindibles. Si tienes hijos adolescentes, los tienes que llevar a hacer rafting, como si voy a Canarias con mis hijos, necesitan un día para quemar energía en un parque acuático”, compara Albert. Pero –añade- “algo muy recomendable para mí, como propuesta más pausada, tranquila y relajada, es el senderismo, sin tener que escalar. Solo pasear por caminos rurales deteniéndote a escuchar los pájaros, pararte a contemplar una manada de vacas, que es la cosa más relajante que hay en la vida y más si puedes escucharlas. Si entras en contexto, quedas hipnotizado viéndolas pacer”, dice. “Aquí cada rincón, cada piedra, cualquier pared puede contar una historia a quien la quiera escuchar”, concluye.

Condé Nast Traveler

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