La ruta de la cruz guaraní

Cuando el primero de los predicadores de la orden católica de los Jesuitas tocó el suelo guaraní, la tupida selva de acajús, cedros y aruacarias apenas permitían que el sol pasara a través del cielo de hojas que marcaba el camino. La sotana, la cruz guaraní colgante y una pesada Biblia que parecía pesar más que el predicador desentonaban con aquella tierra donde los nativos distaban de llevar cualquier atuendo parecido. 

Según la leyenda, aquel monje arrancó una burucuyá, como le llamaban los nativos, y aquella flor le recordó al hijo de Dios crucificado: la corona de espinas, los tres clavos, las cinco llagas. Los frutos rojos le semejaron gotas de sangre. Entonces presintió que Jesús le había indicado este lejano y exuberante destino.

Paraguay pudiera describirse como un país en dos naturalezas, y una de estas especialmente espiritual. El primero, el de la geografía natural, descuella por el río que lleva su nombre en el oriente, con sus colinas y ondulaciones, mientras que en el occidente resalta el Gran Chaco, en el que conviven la vegetación tropical y la árida en una misma extensión en la que conviven cerca de catorce etnias y abarca importantes zonas protegidas como los parques Nacionales Médanos del Chaco, Chocovera y Río Negro. Muestra de la vegetación semiárida son las Dunas de San Cosme y Damián. Cada una con más de 30 m de altura son el remanente del monte Ybycuí que se alimenta de las aguas del río Paraná.

Paraguay mítico y la cruz guaraní

El otro Paraguay mítico, casi celeste, no es solo la tierra en la que se bebe tereré y se come mandioca al ritmo de las polcas y las guaranias, porque a todo ello hay que agregar especialmente la legendaria y mítica presencia de los predicadores Jesuitas, esos peculiares salvadores que llegaron desde la Europa medieval, en su caso no a la conquista de las tierras, las riquezas y los hombres, sino de las almas. Las rutas de aquel singular peregrinaje dibujan los caminos del impresionante sur de esa nación.

Puntos encumbrados de esa ruta son el poblado de la Santísima Trinidad del Paraná, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, imponente red de construcciones que todavía conservan la arquitectura de la época: la plaza, los talleres, las casas indígenas, el cementerio. También marca la presencia jesuita en Santa Rosa de Lima el campanario original en piedra roja de la capilla de la iglesia de Nuestra Señora de Loreto. El antiguo centro astronómico de San Cosme y San Damián, así como una virgen tallada en madera, de 2 m de altura, en el pueblo de Santa María, son otros trazos deslumbrantes de la ruta tan arraigada en tierra guaraní.

Como uno de los principales centros de la evangelización católica y de producción ganadera, la misión de San Ignacio Guazú preserva piezas artísticas que relatan el ambiente de la época colonial. El Museo Diocesano de Arte Jesuítico del lugar exhibe importantes muestras del arte hispano-guaraní en salas donde pueden observarse más de 30 tallados de madera policromada, que exaltan motivos religiosos como la creación, la redención, la historia de Cristo en la Iglesia y la famosa Compañía de Jesús.

Entre los principales misterios que dejaron los Jesuitas tras su expulsión en 1767 y que hoy pueden explorar los visitantes, se encuentra la Misión de Jesús de Tavarangue, debido a que la imponente edificación quedó inconclusa. La iglesia, que estaba destinada a ser una de las más grandes de la época, muestra un diseño innovador que la diferencia del resto de las erigidas por la orden en estas tierras. Las paredes actuales están adornadas por obras de artistas guaraníes contemporáneos, expresión de las mezclas culturales nacidas de la presencia de los Jesuitas. Este sitio fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y desde su mirador es posible observar otras huellas de la Compañía de Jesús.

Otro de los pueblos reveladores de la ruta es Santiago, situado a 260 km de la ciudad de Asunción, capital paraguaya. Este posee uno de los más populares centros históricos urbano-jesuita, alrededor del cual se encuentran las construcciones de adobe donde habitaban los primigenios habitantes americanos. En el Museo Tesoros Jesuíticos del mismo enclave existe una muestra de los mejores tallados de madera, entre los que destacan los de San Isidro, la Virgen de la Cabeza y El Jesús Resucitado.

Asunción, mejor conocida como La Madre de las Ciudades, está marcada también por el rastro jesuita. Esta urbe constituye la puerta de entrada a las llanuras de la Región del Gran Chaco y en su Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, entre otros espacios, puede respirarse la fuerza de aquella cruzada evangelizadora.

La misma cruzada que describe en sus mapas uno de los humedales de agua dulce más enormes del mundo, El Pantanal Paraguayo, con la ciudad de Fuerte Olimpo dándole la bienvenida. Se trata de un área de 150 000 km2 en la cuenca alta del Rio Paraguay, que se extiende a Brasil y Bolivia. En este gran delta interior las aguas suben varios metros cada año, inundando todo para luego retroceder dibujando un escenario natural encantador en el que se combinan aves, peces, anfibios, reptiles y mamíferos.

No es casual que el turismo fluvial tome impulso en el país, a la velocidad de cruceros de lujo y barcos que viajan por el río Paraguay y llegan hasta aguas arriba en El pantanal.

Fuente: caribbeannewsdigital.com

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