Científicos crearon un combustible para aviones de plástico reciclado

Investigadores de la Universidad Estatal de Washington han presentado una nueva alternativa para la producción de combustibles de aviones, basada en el reciclaje de plásticos


Vivimos en la era del plástico y, por una vez, no se trata de un retrónimo puesto a toro pasado. Es el nombre que nos otorgamos nosotros mismos, máximos conocedores de las vicisitudes de nuestro tiempo. Podemos cuestionar si realmente vivimos en el Antropoceno, una era donde nuestro impacto en la geología es tal que ya no podemos incluirla en los registros del Holoceno. Sea como fuere, lo que parece evidente es que jamás ha existido tanto plástico como ahora.

Las montañas de basura que cubrimos con tierra permanecerán centenares de años e, incluso entonces, mantendrán su huella. Las islas de plástico del tamaño de media Francia o los microplásticos que hay a cualquier altitud entre la cima del Everest y la fosa de las Marianas. Está incluso en nuestro cuerpo, pues es tan ubicuo que lo ingerimos inadvertidamente. Esa es la realidad que nos rodea y encontrar una solución es acuciante. Claro que, tampoco es tan sencillo como prohibir el plástico. Lejos de ser el enemigo, el vilipendiado plástico es la solución menos mala para muchos de nuestros propósitos. El futuro no pasa por eliminarlo por completo, sino por reducir su uso al mínimo necesario, por reciclarlo cuanto sea posible y porque encontremos nuevas formas de reutilizarlo. Precisamente, algunos expertos de la Universidad Estatal de Washington han estado trabajando en esta línea han estado trabajando y han encontrado la forma de convertir determinados plásticos en combustible para aviones.

Mal menor

Lo cierto es que producir plástico es, no solo barato, sino menos contaminante en cuanto a emisiones de efecto invernadero, que producir la misma masa de otros materiales con funciones potencialmente similares, como el cristal o la madera. Para compensarlo, estamos intentando minimizar su uso y las técnicas de reciclaje son cada vez mejores, aunque, a decir verdad, la reducción de facto parece que se está haciendo esperar y las técnicas de reciclaje no son tan costo-eficientes como deberían. De hecho, tan solo se recicla el 9% del plástico de Estados Unidos. En parte, esto se debe a que las principales técnicas requieren el empleo de temperaturas realmente elevadas para evitar que la calidad del plástico reciclado quede comprometida.

Este es el contexto en el que trabajan quienes investigan nuevas formas de aprovechar todos estos residuos plásticos y, apoyándose en la imaginación, buscan soluciones originales que les permitan abordar el problema. Soluciones como, por ejemplo, transformar esas toneladas de plástico en combustible. Y no un combustible cualquiera, sino para aviones. Antes de continuar, es pertinente recordar que una cosa es que podamos hacer combustible con plásticos y así aprovecharlos en lugar de desecharlos en vertederos. Sin embargo, eso no significa necesariamente que debamos hacerlo. Esto dependerá de los costes de producción, por supuesto, pero también del impacto ecológico que vaya a tener producir y quemar ese combustible, en especial teniendo en cuenta la gran cantidad que emplean los aviones.

El truco

Lo que estos investigadores proponen en concreto consiste en transformar un tipo de plástico llamado polietileno. Tal vez semeje demasiado específico sabiendo que existen tantos tipos de plásticos diferentes contribuyendo a la contaminación, pero la clave está en que el polietileno es el plástico más empleado por la industria por una amplia diferencia. Estamos rodeados de polietileno, por lo que cualquier mejora que podamos encontrar para su tratamiento supondrá un cambio significativo.

En este caso, el equipo decidió emplear un catalizador de rutenio sobre carbono, lo cual significa más o menos: una sustancia capaz de propiciar que sucedan cambios reduciendo la energía necesaria para que estos ocurran, en concreto, implicando a los dos elementos químicos nombrados. Este catalizador junto con un disolvente fueron la clave para que pudiera producirse la transformación de polietileno en combustible suministrándole tan solo 220 grados Celsius, una temperatura tan baja que es alcanzada por cualquier horno de cocina.

Es más, este proceso permite que, con ligeros cambios, se produzcan combustibles adaptables a las variables necesidades del mercado e incluso compuestos con propiedades totalmente diferentes, como lubricantes industriales. Esta flexibilidad y su escalabilidad hacen del avance de la Universidad Estatal de Washington algo comercializable y, por lo tanto, un avance más que interesante al que seguir la pista. No solo por el éxito económico que acarré la patente, sino porque cuanto más avance y más consiga escalar su actividad, más plásticos se estarían retirando del medio.

A juzgar por lo dicho parece que son todo ventajas, pero habrá que esperar para saber si estamos solo ante un proyecto sin futuro o si, en cambio, se trata de un mal menor, una solución subóptima, pero una solución, al fin y al cabo. Porque no existen soluciones perfectas, esa es la clave de la que muchas veces depende el éxito: saber reconocer a la menos mala.

Cada cierto tiempo se habla de bacterias artificiales capaces de alimentarse de plástico, nuevas estrategias de reciclaje y otras formas de luchar contra el gran problema en el que estamos inmersos. Sin embargo, parece que estas soluciones no terminan de llegar al mundo real, pero esto se debe más a las expectativas que transmitimos que a lo que realmente cabe esperar del proceso tecnológico y científico. Los avances son reales, pero hay que entenderlos como pasos de un largo viaje, no solo a través de la eficacia tecnológica, sino de su eficiencia atendiendo a aspectos económicos e incluso de las barreras sociológicas de las que depende su implantación en el mercado.

elmundoalinstante.com

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