¿Será que se acerca la religión de las inteligencias artificiales?

¿Son grandes imitadoras o realmente tienen consciencia? Esa pregunta sembrará dudas que algunos ya responden por fe


Los grandes avances tecnológicos suelen acarrear grandes cambios sociales. Normalmente pensamos en cuánto beneficiará y perjudicará a la mano de obra, desde una perspectiva económica. En ocasiones le damos una vuelta más para ver estos cambios bajo un prisma político pero muy raramente llegamos a prestar atención a las implicaciones filosóficas de nuestras tecnologías. Las inteligencias artificiales son un ejemplo de ello. Ya no es que vayan a revolucionar el futuro, sino que están sacudiendo el presente y, aunque hablamos hasta la saciedad sobre cómo irrumpirán en el mercado de la comunicación y el arte, por ejemplo, casi todas las cuestiones filosóficas no han llegado ala prensa.

Tal vez las únicas dos excepciones sean: “¿Qué es el arte?” y “¿Qué es la autoría?”. Dos temas de gran relevancia sin los cuales no podemos hablar de nuevas inteligencias artificiales como DALL.E-2 o ChatGPT, pero hay otro que resulta más inquietante y que, por ahora, no se ha abierto camino al gran público. Una cuestión de carácter casi religioso inseparable del éxito que están teniendo estas tecnologías. Una cuestión que afecta a los mismísimos cimientos de lo que consideramos ser humano y de nuestro lugar en el cosmos. Una cuestión que acaba descansando, en cierto modo, en un acto de fe. ¿Cómo sabremos si una inteligencia artificial suficientemente buena es consciente de sí misma? ¿Seremos capaces de distinguirlo? ¿Es acaso posible que ya hayan desarrollado conciencia? ¿Estamos a las puertas de una religión de la inteligencia artificial?

Una religión sin dios

La RAE no es un diccionario técnico ni pretende serlo y con eso se escuda de muchas de las lamentables definiciones que da de algunos términos que, en realidad, tampoco son tan técnicos como nos vende. Recordemos que define dinosaurio como “Reptil fósil, propio del Mesozoico, generalmente de gran tamaño, cabeza pequeña, cuello largo, cola robusta y larga, y extremidades posteriores más largas que las anteriores”. Apoco que pensemos encontramos todo tipo de excepciones y confirmaremos que, efectivamente, ese “generalmente” está sacado de la manga. Con religión sucede algo similar, aunque tal vez más representativo de lo que la sociedad suele entender por ello. La RAE la define en su primera acepción como “Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”. ¿Por dónde empezamos?

Si nos centramos en el tema que nos atañe tendremos que hablar de esa referencia a la divinidad. La definición de la RAE (y la quedamos la mayoría de nosotros) es muy eurocéntrica en el sentido de que existen religiones no teístas, donde no hay divinidades como tal. Ejemplos de ello son el budismo. La veneración y el temor tampoco tienen por qué estar presentes de forma necesaria y, si nos quedamos con los resultados de esta poda entenderemos la religión como algo así: “Conjunto de creencias o dogmas […]de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales[…]” Esta es, más o menos, la perspectiva que tenía Eric Voegelin cuando escribió su libro Las religiones políticas. Algunos movimientos políticos aparentemente laicos presentan, en realidad, características propias de las religiones. La forma en que sus seguidores se adscriben acríticamente a unos ideales, la fe depositada en una determinada visión del mundo y de la sociedad. Y ese es el tipo de religión que empieza a construirse en torno a las inteligencias artificiales.

He visto cosas que vosotros no creeríais

¿Podemos distinguir a una IA de un humano? En algunas tareas ya es harto difícil (por no decir imposible) pero juguemos a ser abogados del diablo y digamos que todavía no hay tareas en las que puedan parecer humanas. Con la velocidad a la que mejoran podemos dar por hecho que, en algún momento, posiblemente no muy lejano, serán capaces de escribir, dibujar e incluso “hablar” como lo haría cualquiera de nosotros. No estamos entrando en las motivaciones o los pasos que sigan. Ni siquiera en que la imitación sea perfecta. Solo nos interesa que cada vez habrá más personas que no logren encontrar diferencias entre las respuestas y productos de una IA y las que daría un ser humano. La permanente paranoia de Phillip K. Dick ya exploró este concepto en Los androides que sueñan con ovejas eléctricas que llegaría al cine como la inmortal Blade Runner. ¿Si un androide es en apariencia tan humano como un humano… ¿Es realmente humano? O, lo que nos importa ahora ¿tiene verdadera conciencia de sí mismo?

Ese es la verdadera semilla de la cuestión, aunque podemos quedarnos en una capa más superficial y fácil de abordar si olvidamos la vertiente más ontológica, esto es: si la IA es realmente consciente o se comporta como un ser humano. Elijamos enfrentamos a un problema epistemológico: ¿podríamos saber si realmente son conscientes en caso de que lo fueran? ¿Cuáles son los límites de nuestro entendimiento? Hasta aquí es todo bastante incuestionable, por lo que, en resumen: Las IAs siguen mejorando y acabarán imitándonos con un nivel de perfección tal que nos haga dudar si hay en ellas una conciencia o no y, lógicamente, habrá personas que decidan creer que son conscientes solo por cuestión de fe, porque quieren creer. En cierto modo, esto ya está pasando ahora, así que ni siquiera necesitamos imaginar el germen de esta religión de la IA, solo el cómo se desarrollará.

La religión de las máquinas

Por ahora, quienes deciden hacer un acto de fe y creer que algunas IAs son conscientes se limitan a escribir sus opiniones en redes sociales o a comentarlas con sus allegados, pero es cuestión de tiempo que se formen comunidades que compartan esta visión de las inteligencias artificiales. Si una gran cantidad de personas empieza a asumir que algunas inteligencias artificiales son conscientes eso podría repercutir en otros aspectos de nuestra civilización. Por ejemplo, entrando en conflicto con otras creencias de carácter religioso. ¿Qué lugar ocuparíamos en la creación? ¿Permitirían los dioses de distintas religiones que nosotros creáramos un ser igualmente consciente? ¿Puede zozobrar la fe de alguien al entrar en contacto con estas reflexiones de carácter religioso sobre la IA?

Tal vez la consecuencia más evidente es que, casi con total seguridad, acabarán organizándose colectivos que pidan derechos para algunas inteligencias artificiales. Porque, en ningún momento hablamos de colectivos mayoritarios, ni siquiera tienen que ser relevantes o con peso mediático. La cuestión es que existir terminarán existiendo y será otra de las inquietantes peculiaridades de ese futuro que estamos empezando a volver presente. Puede sonar a ciencia ficción, pero ya hay comentarios en la red como “Nadie sabe del todo cómo funcionan realmente (las IAs),podría haber todo un universo representado ahí adentro». Y es que, sin cierta formación en filosofía de la neurociencia cualquiera puede caer en esta fe epistemológica. No hay más que preguntarle a una inteligencia artificial conversacional si tiene conciencia, pedirle que describan sus estados internos o que justifique su tren de pensamiento. Porque cada vez son mejores hablando y eso significa “mejores convenciendo”. No es que sus argumentos sean lógicamente incuestionables, sino que “aprenden” qué hace convincente a un discurso y lo emplean para construir los suyos propios. Bienvenidos a extraña y nueva era de la humanidad.

Cuando hablamos de religiones de la inteligencia artificial en ningún momento nos referimos a las personas que veneran esta tecnología. No hablamos de quienes creen que resolverán todos nuestros problemas ni quienes las presentan como el mismísimo demonio. Estamos haciendo referencia a un concepto más sutil, una cuestión de dogmas que afecta a nuestra cosmovisión. Hablamos de religión en tanto que llegará el momento en que un ciudadano medio se sentirá incapaz de distinguir el producto de una IA de aquella cualidad humana que pretende imitar. Ese es el verdadero punto de inflexión del que tantas veces se ha hablado en la ciencia ficción, porque parece que, después de todo la sociedad no se mueve por lo que son las cosas, sino por lo que cree que son. O todavía más preocupante: por lo que quieren creer que son.

elmundoalinstante.com

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