Vista aérea de una de las playas de Bahamas. El archipiélago es un pequeño edén dentro de otro: el Caribe.

Para muchos, la idealización terrenal del edén pasa por la visualización de una isla: entornos de ensueño, parajes idílicos, rincones placenteros y paisajes deliciosos. A lo largo del mundo existen tantos tipos islas como podamos imaginar…

Por Carmela Díaz

Hay islas románticas, volcánicas, tropicales, musicales, coralinas… Su escenografía de mares turquesa, agua esmeralda, arena dorada, vegetación exuberante, iglesias de cúpulas azules o calmados pueblos de fachadas blancas resulta magnética. Las islas son uno de los destinos anhelados por los viajeros para cualquier tipo de planteamiento vacacional: aventurero, exótico, familiar, relajado… ¿Cuál prefieres?

EL ARCHIPIÉLAGO DE LOS PIRATAS

Algunos denominan a las Bahamas como un Caribe dentro del Caribe. Ubicadas entre Cuba y Florida, son un conjunto de islas que constituyen una gigantesca reserva natural. Su barrera de coral es la tercera más larga del mundo y, posiblemente, sea uno de los puntos más hermosos del planeta al ser sobrevolado: desde el aire, sus más de 700 islas parecen piedras preciosas rodeadas de un mar color esmeralda. Cuenta con casi mil puntos de buceo, playas vírgenes y atesora muchas leyendas sobre sus espaldas: archipiélago de piratas, guardián de tesoros, base de operaciones de los contrabandistas de ron durante la Ley Seca…

Nueva Providencia. Es la isla más conocida de Bahamas por estar en ella la capital, Nasáu. Encarna el equilibrio perfecto entre el exotismo tropical y los encantos del estilo colonial inglés. En Nasáu abundan los establecimientos de lujo, pero también es una urbe colorista que mantiene su herencia colonial a través de edificios públicos, residencias victorianas, catedrales y fortalezas del siglo XVIII. Bay Street es la arteria histórica, discurre paralela al mar y en ella late el corazón de la ciudad.

Bahamas consta de 700 islas salpicadas aún de playas vírgenes: el espectáculo está asegurado

Gran Bahama. Situada muy cerca de la costa de Florida, esta isla ofrece un atractivo contraste entre la modernidad de las infraestructuras de Freeport y Lucaya y la tranquilidad de la naturaleza protegida de sus cinco parques nacionales. Las encantadoras aldeas de la carretera de West Endolas y las interminables y desérticas playas del este de la isla son auténticos remansos de paz.

San Salvador. Cuando Cristóbal Colón descubrió América en 1492, desembarcó aquí. Es una isla que ha permanecido intacta desde su descubrimiento. El genovés escribió sobre ella: “El canto de los pájaros es tal que ningún hombre deseará jamás abandonar este lugar”. El interior cuenta con numerosos lagos, lagunas, y fauna y flora autóctona. Combina kilómetros de playas vírgenes y aguas cristalinas color esmeralda con excepcionales zonas de buceo en los abismos, arrecifes y restos de naufragios.

Rum Ca. Es la isla del avistamiento de aves. Vecina de San Salvador, fue bautizada así tras el hundimiento de un buque cargado de ron que naufragó en sus arrecifes en el siglo XIX. Popular puerto de desembarco entre los navegantes, destaca además por su belleza salvaje, salpicada de suaves colinas y hermosas playas de arena blanca.

Inagua. Es el paraíso de la sal… y de los pájaros: cerca de 80.000 flamencos rosas anidan en el lago Windsor. Verlos alzar el vuelo durante la puesta de sol resulta, como es fácil de comprender, algo sobrecogedor.

SIN ASFALTO

A 20 minutos de vuelo o varias horas de travesía por mar desde Salvador de Bahía se encuentra una isla poco conocida en Europa pero frecuentada por los urbanitas más cool de Chile, Argentina y Uruguay: Morro de São Paulo. Posadas con arquitectura colonial como alojamiento, caminos de arena para caminar descalzo a través de toda la isla y cuatro playas para dejarte llevar.

Posadas de estilo colonial en las playas de Morro de São Paulo.

La llamada Primera Playa es conocida como la de las atracciones marítimas y deportivas: aquí se puede practicar surf, buceo, divertirte en un banana boat… La Segunda es la más famosa: sus fiestas hasta el amanecer amenizadas con hogueras y música en vivo son inolvidables. Y es el lugar donde también se practica fútbol (omnipresente en todo Brasil), voleibol y rondas de capoeira. Por cierto: merece la pena detenerse en la escalera que da acceso a ella para realizar una fotografía a unas vistas espléndidas con la inmensidad del azul índigo del mar como protagonista. La Tercera Playa es la de los restaurantes, tascas, chiringuitos con zonas chill out (pero nada de lujo extremo; aquí todo es muy genuino, asilvestrado), hamacas y camas balinesas. Por poco menos de cinco euros al cambio disfrutarás de una de las mejores comidas de tu vida: suspendido sobre el agua del mar (algunos de estos establecimientos son tipo palafito), en terrazas con vistas paradisíacas, saboreando pescados a la brasa recién sacados del agua y mariscos de temporada (langosta, gambas, cangrejos autóctonos…) con una cerveza helada. La Cuarta Playa parece no tener fin: se trata de un paraje desierto para caminar sin rumbo durante kilómetros y bañarte en las piscinas naturales que se van formando por una gran barrera de corales.

NUESTRA JOYA

La cala de la Macarella, en Menorca, es una de las más conocidas y hermosas de la isla mediterránea.

Es Menorca una isla pequeña pero llena de historia y misterios: la ínsula del viento y la tramontana. En sus tierras se asentaron civilizaciones primitivas que la salpicaron de monumentos megalíticos, fenicios, griegos, cartagineses, vándalos, bizantinos, normandos y árabes hasta la definitiva conquista por la Corona de Aragón. Sin duda, uno de sus principales encantos son sus calas, muchas accesibles solo por mar, caminando a través de senderos agrestes o por bosques de pinos. Algunos ejemplos son:

Trebalúger. De arena blanca, con dunas y un pequeño manantial flanqueado por un bosque de pinos.

Cala Font. Aquí no se viene a bañar ni a fondear, sino a comer. Se trata de una pintoresca y coqueta cala de pescadores ubicada en Es Castell repleta de restaurantes situados a escasos metros del agua.

Cala Galdana. Es una de las playas más grandes de la isla. Rodeada de hoteles y cafeterías, está perfectamente acondicionada para los que busquen comodidades. De obligada parada resulta el restaurante El Mirador, con unas panorámicas inolvidables.

Macarella y Macarelleta. Posiblemente, Macarella es la cala más conocida de Menorca; su imagen es la habitual en las postales. Junto a ella está Macarelleta, nudista, situada en la misma bahía.

Turqueta. Una de las favoritas de los viajeros: cala virgen de aguas turquesas que nada tiene que envidiar al mar Caribe.

En Porter. Su geografía, con grandes acantilados a ambos lados, la convierten en una de las más fascinantes. Es recomendable comer en el Club Menorca, literalmente suspendido sobre las rocas. Y se puede ir caminando a Cova de’n Xoroi, una cueva que cuenta con terrazas y miradores a distintas alturas. Para no parar de mirar.

A muchas calas de Menorca solo se accede por mar

A pesar de ser una isla pequeña, Menorca tiene hasta cinco faros: el del Aire, el de Punta Nati, el del cabo de Artrutx (de gran altura, y que en los días claros ofrece espléndidas vistas de Mallorca) o el de Favaritx (dentro del único parque natural de Menorca). Pero el más peculiar es el de Cavallería. Reposa sobre una altura de casi cien metros, con vistas impresionantes sobre otros acantilados vecinos. Al atractivo del espectáculo del entorno natural y de unas inolvidables puestas de sol, se añade la belleza del camino que conduce hasta allí.

SOLEDAD SELVÁTICA

A una hora en barco de Cartagena de Indias (Colombia) se encuentran las islas del Rosario. El tiempo se detiene al sentirte inmerso en playas de postal, rodeadas de vegetación selvática, manglares, lagunas interiores o arrecifes de coral. Y aún hay más: es probable que, elijas la isla que elijas, no la compartas con más de 10 personas. Algunas son privadas, pero otras cuentan con posibilidad de alojamiento. Si te atraen las costas turquesas, nadar entre peces de colores, comer marisco recién pescado, degustar frutos del mar acompañados de arroz cocido con leche de coco, lucir collares de semillas entrelazados por los nativos, disfrutar de la fusión del sol con el horizonte sobre una hamaca, admirar los cielos estrellados, sentir el silencio o dormir en cabañas de madera decoradas con máximo lujo entre vegetación autóctona, debes pernoctar en estas islas.

Casi todos las visitan por el día pero, si te quedas a dormir, el lugar será casi tuyo por entero. Elige la isla Pirata –auténtica, alejada de cualquier resort turístico– o Majagua, el lujo enmarcado en la sencillez: solo 17 suites inmersas en plena naturaleza. Si dispones de más días para explorar Colombia, una interesante opción es viajar a la isla de Providencia, poco explotada y un enclave en el que se habla el criollo y posadas y casas de huéspedes donde alojarse. 

Fuente: Revista Savia

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