El templo peruano sufre un alud de turistas que amenaza con matarlo de éxito.

La línea entre los efectos positivos y las consecuencias negativas del turismo es a veces muy fina. Son ya muchos los destinos en los que los discursos alertando de las secuelas de los visitantes empiezan a tomar fuerza. El último, el Machu Picchu, donde la situación general es de agobio más que de placer.

Según explica El País, la angustia se siente tanto en los grandes miradores –la Casa del Guardián es el más célebre— como en el pueblo de Aguascalientes, donde se suele coger los autobuses para subir al monte. La palma se la lleva la bajada, con colas que pueden tener más de medio kilómetro de largo.

El yacimiento no ha sido capaz de digerir el incremento de turistas que ha vivido en apenas dos décadas. Si en 1991 recibió a 77.295 visitantes, en 2016 alcanzó los 1,41 millones de visitantes. Un salto impulsado por la encuesta “las nuevas 7 maravillas del mundo moderno” realizada por New Open World Corporation.

El problema comienza con la serpenteante pista de tierra que deben tomar los autobuses para llegar al Machu Picchu. Y el problema todavía sería mayor si se construyera el prometido Aeropuerto Internacional de Chinchero en lugar del pequeño aeródromo de Cuzco.

Así, entre colas y rumores de la construcción de un teleférico, la Unesco ya ha amenazado con incluir el monumento en la lista de lugares en riesgo. Para evitarlo, el gobierno peruano ha impuesto desde el 1 de julio una serie de restricciones:

-No se puede entrar sin guía

- Cada guía puede llevar un máximo de 20 personas

- Habrá dos horarios de visita: de 6 a 12 del mediodía y de 12 a 17:30 de la tarde

. - Sólo se podrá estar durante 4 horas en el interior.

- Sólo puedes salir y volver a entrar una vez.

- Prohibido entrar con palos de selfie, comida, paraguas, animales, zapatos de tacón, instrumentos musicales y carros de bebé.

Fuente: cerodosbe.com

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