Por Daniel Flores | LA NACION 

"Si toman todos los vuelos de todas las aerolíneas del mundo en un año, ¿cuál creen que es la ganancia promedio por pasaje vendido?" El desafío lo lanzó Nils Haupt, director de comunicaciones corporativas para América de Lufthansa, hace unas semanas, durante un fugaz paso por Buenos Aires.

Como de algún modo la pregunta sugería una cifra sorprendentemente baja, alguien arriesgó 30 dólares, por decir poco. Se excedió apenas por cinco veces: "No, la ganancia promedio, por pasaje, es de 6 dólares", sonrió el alemán, satisfecho con el truco, seguramente muchas veces testeado y efectivo.

En realidad había redondeado hacia arriba. La semana pasada, en la última reunión global de la International Air Transport Association (IATA), en Doha, Qatar, se informó oficialmente que el número mágico es... 5,42 dólares.

No parece mucho para una industria que este año, mientras cumple su primer centenario, embarcará un récord de 3,3 mil millones de personas en todo el planeta. Y sin embargo, apenas dos años atrás, la ganancia por viajero era incluso sensiblemente menor: 2,05 dólares.

"No se equivoquen. Este sector sí genera mucho dinero. Pero las más beneficiadas no son necesariamente las aerolíneas, sino los fabricantes de aviones, los administradores de aeropuertos, los desarrolladores de sistemas, los proveedores de catering...", detallaba Haupt. Sin olvidarse de las petroleras: el combustible es uno de los principales costos de toda esta operación.

The Wall Street Journal publicó recientemente un interesante desglose a partir de un hipotético vuelo de cien pasajeros. Del total, explicaba, 29 asientos cubrían el combustible necesario; 20 se destinaban a sueldos de la tripulación; 16, al avión en sí; 14 se iban en impuestos, y 11 en mantenimiento, mientras 9 se perdían en la borrosa categoría de otros. Finalmente, de cien, sólo un asiento representaba la ganancia del vuelo.

Este panorama, acentuado por el aumento del precio del petróleo, llevó a las aerolíneas a buscar ingresos más allá de los tickets. Así fueron apareciendo, como cualquier pasajero sabe a fuerza de sorpresas y letras chicas, cargos extras de los más variados y creativos: del más histórico exceso de equipaje a los más innovadores y recientes fees para asegurarse un asiento específico en el momento de la compra (cada vez más frecuente como única garantía de que, por ejemplo, los padres se sienten junto a sus hijos en el avión).

No pocas compañías comenzaron también a vender la comida a bordo, y la irlandesa RyanAir llegó a amenazar, hace unos cinco años, con ponerle precio al uso del baño (finalmente descartaron la idea, pero procedieron a reducir el número de toilettes a bordo para cortar gastos).

El encuentro de IATA arrojó, eso sí, una buena noticia para los usuarios: para este año se espera que las tarifas de los pasajes bajen un 3,5 por ciento.

Fuente: La Nación

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